Jean-Marc Philippe
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Cubierta

Escritos

Retrato del artista en video

Gilles Tordjman

Gilles Tordjman, «Portrait de l'artiste en vidéo», Revue d'esthétique, n.º 10 («Vidéo-Vidéo»), Toulouse, Privat, 1986, pp. 155-158.

Ver: Aleaciones con memoria de forma, Arte espacial, Autopsia de una máscara, La Gran Rueda Celeste, Las Variaciones

Traducido del francés.

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Rica en contradicciones, la época no es avara en consignas. La última, ni peor ni mejor que cualquier otra, nos conmina a comunicar, y ello sean cuales sean la situación, la naturaleza del mensaje y la identidad de los comunicantes. Del tópico al lugar común pasando por la perogrullada, la elección de imágenes y metáforas socarronas es por fortuna lo bastante amplia como para evocar esa comunicación adornada con todas las virtudes reconstituyentes que un imaginario en crisis tenga a bien prestarle. Primera víctima de esta inflación dialogal que gira en el vacío: el video, pequeña máquina fantástica convertida en un tiempo récord en una especie de paso obligado de la creación presente y futura, el parangón de una «modernidad» más humosa que nunca.

Jean-Marc Philippe es, a este respecto, un artista distinto de los demás. Manejando el lápiz tanto como la computadora, la astrofísica tanto como el soldador, ha llevado la pluralidad de las expresiones hasta sus últimos reductos. Cuando se sabe, además, que habla de su trabajo con una inteligencia asombrosa, uno se dice que todo esto bien merece, cuando menos, una investigación.

Los infortunios de la dispersión

En el séptimo piso de una torre anónima de uno de esos barrios de la capital que derivan hacia la periferia como si aún se acordaran del centro, el taller de Jean-Marc Philippe da al visitante la impresión de penetrar en un santuario de lo discontinuo, incluso de la incoherencia: dibujos a tinta china se codean allí con imágenes de síntesis, soldadores y lápices conviven en la más perfecta indiferencia. Pero lo asombroso no está ahí. Porque es precisamente el planteamiento mismo, el recorrido singular de un artista no menos singular, lo que aparece como un cuestionamiento estético cuya novedad e importancia sería un error subestimar.

Y ante todo, una anécdota significativa como pocas: hace unos meses, Jean-Marc Philippe exponía al mismo tiempo en tres galerías parisinas tres tipos de trabajos diferentes. La reacción

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de la crítica no se hizo esperar: ¿quién era ese disperso presuntuoso que podía permitirse el lujo de saltar de un tema a otro en la rive gauche, ocupando además un espacio del que otros artistas, que se conforman de buen grado con un solo estilo, una sola galería, habrían podido aprovecharse?

Reacción epidérmica sobre un fondo de deontología fantaseada – quienes dan lecciones suelen ser los menos cualificados para la tarea de la que se enorgullecen –, este rechazo a priori no debería en modo alguno retener nuestra atención si no fuera sintomático de un verdadero retorno a cierto monismo religioso. La exégesis no soporta, nunca ha soportado por lo demás, la coexistencia simultánea de formas diversas en la producción de un mismo artista. No es mala, la exégesis, pero es superior a sus fuerzas; la saca de quicio. Tolera la audacia, la novedad, la insolencia, pero con la condición de que todo ello esté balizado, sea identificable, coherente: mientras César comprima, Arman acumule, la figuración libre figuraciónlibree, en suma, mientras cada cual explote en su rincón su negocio, todo irá a pedir de boca en el mejor de los mundos y en el más tubular de los museos parisinos. Acepta de buen grado ese juego de repetición y diferencia que constituye toda la sal de la creación contemporánea, pero solo lo acepta apoyado en una cronología, en una sucesión temporal, en suma, en una idea de progreso, de sentido de la historia. Exit Proteo y sus máscaras, enterrados los artistas que conjugan en presente esas diferencias de expresión que, sin embargo, se buscan como trufas en cuanto se anclan en una biografía donde pasado y presente conservan un simulacro de integridad. En suma, lo que la crítica no soporta es la dispersión, la diseminación, es decir, todo lo que la revolución tecnológica que estamos viviendo impondrá fatalmente. Todo eso es lo que Jean-Marc Philippe intenta contemplar con la mayor lucidez posible: «La pintura-pintura parece haber llegado al final de su recorrido. La idea de verdad de las cosas ya no puede escribirse mediante una frase, un apotegma, una teoría o siquiera un cuadro. Frente a la fragmentación de la información que conocemos actualmente, la obra ya no puede representar más que un fragmento de situación: el video, por no hablar más que de él, permite alcanzar esa imagen de la fragmentación.»

Imagen congelada

Hablemos de él, precisamente. La relación verdaderamente pasional que Jean-Marc Philippe mantiene con las «nuevas imágenes» está motivada por la situación casi ubuesca que conoce actualmente la investigación en este ámbito: sumas colosales engullidas por tecnologías punta, una increíble energía desplegada para un resultado que apenas se osa calificar: tres minutos y pico durante los cuales unas esferas plateadas se desplazan entre dos hileras de columnas grecorromanas dignas del peor Boffil. Sin olvidar la serie de lagartijas que se muerden la cola sobre fondo de jingle sintético para entretener la espera del telespectador antes del telediario de la noche. Frente a semejante pobreza, el planteamiento de Jean-Marc Philippe en materia de video llama la atención ante todo por un rigor que podría, por ignorancia, tacharse de formalismo. Se trata ante todo de un trabajo exploratorio sobre la imagen de un objeto que puede ser, por ejemplo, una máscara de Benín del siglo XVI o un autorretrato de Van Gogh. Una vez efectuada la captura en video del objeto, la imagen pasa por un dispositivo de colores artificiales. Se opera entonces una primera selección: los datos elegidos por Jean-Marc Philippe se digitalizan después por computadora para obtener por fin la imagen definitiva, también ella escogida entre otras imágenes posibles. Así expuesto, el trabajo de Jean-Marc Philippe podría parecer solo una serie de ejercicios de estilo, brillantes sin duda, pero limitados en su alcance estético. Nada de eso. Por sistemática que sea, la exploración de un campo de posibles a partir de una selección rigurosa de datos diversos hace resurgir la contingencia allí donde no se la esperaba: «Más que ejercicios de estilo, se trata de un intento de dominar el medio mediante la práctica. Las nuevas tecnologías permiten alcanzar propósitos en los que no se habría pensado. En materia de nuevas imágenes, queda por inventar un nuevo marco teórico: interrogantes del tipo “¿para qué sirven?” carecen de todo valor si se consideran según esquemas de pensamiento clásicos». Una voluntad de renovación del pensamiento estético que, pese a su evidente necesidad, no deja de presentar algún peligro: ¿no se corre en efecto el riesgo de someter el pensamiento del artista a la sola inteligibilidad del funcionamiento de los nuevos medios con los que tra-

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baja? «La tecnología no es nada salvo lo que se quiere hacerle hacer. Desde hace dos o tres años trabajo el medio (video) en cuanto tal, pero lo mezclo con la computadora. Lo que está en juego es doble: por una parte, decir el máximo de cosas en un mínimo de tiempo; por otra, contribuir, a través de una nueva manera de pensar la tecnología, a la creación de un “nuevo museo”, lugar de variaciones sin fin ni repeticiones obtenidas por medio de la informática.» Es decir, todo lo que semejante investigación puede exigir de distancia y de circunspección a quien se arriesga en ella: del mismo modo que la pintura de caballete se margina fatalmente en un universo artístico abierto a todos los materiales, a todas las formas, el artista contemporáneo, si se atiene a las viejas oposiciones ideológicas arte/ciencia, está condenado a corto plazo al conformismo retrógrado de un romanticismo del siglo – lo hay – bastante estrecho. Esta apertura del arte a la ciencia, que Jean-Marc Philippe desea fervientemente, no tiene nada de artilugio ni de moda. Nada tiene que ver con esa pedantería de la microinformática doméstica fuera de la cual quisieran hacernos creer que no hay salvación. No implica sumisión alguna a la tecnología. Más aún, es su única garantía de subversión: al cruzar arte y ciencia, se abre también la tecnología a otros modos de funcionamiento, a otras aplicaciones distintas de las que se le habían asignado inicialmente. En suma, se hace swinguear a los electrones y no se ve en virtud de qué moralismo adulterado habría que privarse de ello. Al utilizar el video como dispositivo generador de imágenes fijas, Jean-Marc Philippe hace más y mejor que subvertir el medio: lo utiliza en contra de su uso corriente, explora la inmovilidad que puede ofrecer esa fabulosa caja de movimientos que es una simple cámara de video. Captura fija de un objeto inanimado, la imagen de video deja de ser una simple constatación icónica del desplazamiento: se vuelve mineralidad inerte y empieza a vibrar con todas sus virtualidades en cuanto se la congela. Las variaciones sobre los colores artificiales sellan entonces ese pacto del movimiento detenido: para captar la infinita variedad de los posibles cromáticos, nada como la inmovilidad de una naturaleza siempre ya muerta. Para no dejarse dominar por la herramienta tecnológica, empecemos pues por utilizar sus efectos perversos: es en cierto modo la única lección, si lección ha de haber, que puede extraerse del trabajo en video de Jean-Marc Philippe. Y eso no tiene nada de anecdótico. Trabajar la herramienta al límite, en la frontera de sus funciones: a ese precio y solo a ese precio podrá renovarse con inteligencia la creación contemporánea.

El espacio del sueño – Melancolía de los metales

Cuando Jean-Marc Philippe presentó, con motivo de la segunda Cumbre cultural franco-japonesa celebrada en junio de 1985, su proyecto de Rueda celeste, algunos se rieron con sorna. Es cierto que hay gente a la que no le gustan los viajes. Ahora bien, este proyecto quijotesco se inscribe en la lógica de una reflexión que Jean-Marc Philippe lleva a cabo desde hace algunos años sobre la utilización artística del Espacio.

La idea de la Rueda celeste es su manifestación más representativa: se trata de utilizar una cuarentena de satélites situados en la misma órbita, injertándoles dispositivos luminosos que permitan iluminarlos simultáneamente. Situados a igual distancia unos de otros, formarían una especie de corona luminosa alrededor del planeta, visible desde todos los puntos del globo. La idea, poética en su desmesura, no está por ello menos respaldada por un sólido expediente compuesto en parte por solicitudes a la NASA, sabios cálculos, croquis detallados y no poca fe. De paso, Jean-Marc Philippe propone, siempre con la misma pasión, la creación de un comité para la desmilitarización del espacio y su utilización con fines artísticos, nada menos, o también el disparo de un megafuego artificial desde un satélite con motivo del bicentenario de la Revolución francesa. Huelga decir que Jean-Marc Philippe trabaja ahí en el límite de lo posible, en la frontera de las libertades que la institución política deja al artista. Huelga también precisar que en los ministerios se le mira un poco de reojo, porque lo que él sacude, con más serenidad pero con la misma seguridad que el asunto Greenpeace, es el monopolio de los Estados sobre las tecnologías punta, es la fatalidad de la militarización que acecha a todo progreso científico. El ejemplo de la Rueda celeste, por su locura, su «hénaurme» y saludable insolencia, demuestra una vez más que todavía se puede incomodar, cuestionar profunda y duraderamente con lo que sigue siendo para siempre simples quimeras: posibles soñados.

Los mismos problemas con la institución, la misma intrusión en la razón de Estado con lo que conviene lla-

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mar «el asunto» de las Aleaciones con memoria de forma, esas aleaciones compuestas de níquel y titanio, por ejemplo, pero dosificadas en proporciones que no admiten la menor aproximación, la menor imprecisión, por infinitesimal que sea. Particularidad: tienen la posibilidad de cambiar de forma según la temperatura ambiente. Propiedad increíble: son capaces de «recordar» su forma anterior, de conservar en su estructura la memoria de un «modelado» y de recuperar su forma inicial en cuanto baja la temperatura. Soñando un poco, eso quiere decir que se podría contemplar la Venus de Milo a cinco grados bajo cero y la Victoria de Samotracia a veinticinco grados, y ello mientras haya estaciones… Todo esto parece sacado de un guion de ciencia ficción, y sin embargo es cierto, como pudieron comprobar los visitantes del Festival de l’Industrie et de la technologie celebrado en La Villette, donde Jean-Marc Philippe expuso por primera vez los primerísimos resultados de sus investigaciones.

Un solo problema, y no menor: la manera de «educar» las aleaciones sigue clasificada como «secreto de defensa», lo que limita singularmente el margen de maniobra de las investigaciones que pueden realizarse al respecto. Así que Jean-Marc Philippe espera, pacientemente, a que se levante una punta del velo. Mientras tanto, busca de manera totalmente empírica, a tientas, modelando, deformando, enseñar al metal esa misteriosa conciencia formal y a veces, contra todo pronóstico, contra el secreto, contra el silencio impuesto, encuentra…

Por esta diversidad, por esta profunda inteligencia de la fragmentación, por este rechazo del pensamiento prefabricado y por tantas otras razones, Jean-Marc Philippe responde perfectamente a la definición del artista en la que la gente de buen gusto debería ponerse de acuerdo: un incordio genial que hace de la herramienta un objeto estético, de lo inmóvil con movimiento, arte con ciencia, ciencia con una desconcertante fantasía y poesía mineral con secreto de Estado.

Transcripción a partir de la edición original (archivo Jean-Marc Philippe), reproducida con el acuerdo de los derechohabientes.