Jean-Marc Philippe
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Cubierta

Escritos

La Rueda celeste

Jean-Marc Philippe

L'Hippocampe, n.º 2, abril de 1984, pp. 55-58.

Ver: Arte espacial, La Gran Rueda Celeste

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Aquella noche, pronto hará diez años, soñador despierto, tendido de espaldas, anclado a la Tierra, con las manos cruzadas detrás de la nuca y la mirada errando en el infinito de las constelaciones, me habitaban el vértigo y el extravío. Era en esa época del mes de agosto en que el cielo nocturno es una fiesta que se anima con mil y una estrellas fugaces.

En aquel instante de embriaguez —lo juro— flotaba por entero en medio de las estrellas. Y fue entonces cuando, en la periferia de mi campo de visión, en lo inmutable y la inmensidad del silencio sin límites, iluminado todavía por un sol que sin embargo se había puesto hacía ya mucho, centelleando como una estrella de primera magnitud, un satélite artificial en órbita baja hizo su entrada, emprendiendo la travesía de la bóveda celeste en diagonal hasta, siempre en aquel silencio inaudito, unos instantes más tarde, desaparecer, engullido por el cono de sombra proyectada de la Tierra.

Aquella noche, el poema era el universo entero y el «Yo» del poema aquella estrella artificial: he aquí que ahora el hombre inscribía su huella sobre el ruido de fondo del firmamento y, tras haber conquistado lo infinitamente pequeño, he aquí que emprendía —ese hombre— la tarea de empujar con sus pequeños brazos frágiles las puertas de lo infinitamente grande.

En aquel instante, precisamente, supe que la Ciencia se había

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convertido en sujeto en el Discurso: los «objetos» que revelaría serían un día iniciáticos.

Cronológicamente, el concepto de lo que iba a convertirse en la Rueda Celeste nació de una voluntad difusa ligada a los recuerdos de aquella noche y, después, de una sucesión de oportunidades y de datos en relación precisa con la evolución del saber hacer tecnológico desarrollado en el marco de la Conquista Espacial.

La Rueda Celeste se apoya esencialmente en la noción de satélite geoestacionario. Cientos de estos satélites están ya en el espacio, pero lo que aquí nos importa es que TODOS los satélites geoestacionarios se sitúan en una misma órbita y que esta órbita es un CÍRCULO —y no un círculo cualquiera, puesto que se trata de un círculo concéntrico al círculo del ecuador terrestre, en el mismo plano, y cuyo radio es siete veces mayor que el de la Tierra. Dicho de otro modo, todos los satélites geoestacionarios se encuentran dispuestos en una especie de anillo de Saturno (ese famoso círculo) que rodea la Tierra, anillo cuyo diámetro mide cerca de 90 000 km.

Otra característica de este tipo de satélites es que permanecen fijos en el cielo, es decir, que giran exactamente a la misma velocidad angular que la Tierra.

En razón de las características anteriores, la idea fue, pues, prever que se injertara en los próximos satélites de este tipo (se lanzarán sesenta de aquí a 1989) un dispositivo técnico capaz de emitir, por orden desde tierra, una señal luminosa que, vista desde la Tierra, tendría una magnitud (un brillo) igual o superior a la de Venus cuando su brillo alcanza el máximo.

Así, una vez «aparejados» con los dispositivos adecuados al menos treinta de estos futuros satélites (se

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están estudiando en Francia y en los Estados Unidos), sería posible «encenderlos» todos a la vez y dibujarían entonces en el cielo una especie de gigantesca… rueda celeste.

Son posibles diferentes configuraciones de encendido: el conjunto, por ejemplo, parpadea como una guirnalda o bien, mediante un encendido programado y sucesivo de los satélites, este gran círculo daría la impresión de girar. Cabe pensar en muchas otras combinaciones luminosas y, en el cielo de las estrellas, el genio humano ya no inscribiría una huella sino un signo.

Por respeto a las estrellas, esta señal de los hombres a los hombres podría ponerse en marcha —después de que un consenso así lo decidiera— durante cinco segundos todos los días a las 0 h T.U., 8 h y 16 h T.U. La Rueda Celeste sería entonces una señal horaria universal que haría visible el plano del ecuador terrestre.

En ciertas ocasiones mundiales (Juegos Olímpicos, Exposición Universal…) podría también contemplarse hacer parpadear la Rueda Celeste cada tres horas, mientras durasen esos acontecimientos, como indicio de que, en algún lugar, en ese instante, sobre la Tierra: la Fiesta… Y además, si por desgracia un día estallara un conflicto nuclear, la Rueda Celeste estaría llamada a palpitar, emitiendo en morse un S.O.S. luminoso.

Por último, observemos que, según la latitud del lugar desde donde se la observara, se percibiría de forma radicalmente distinta: vista desde el ecuador, la Rueda Celeste sería vertical y su inclinación aumentaría hasta volverse horizontal a medida que se «subiera» hacia uno de los polos.

Baliza en el espacio, señal sin precedentes, la Rueda Celeste fue concebida como un símbolo tangible y revelador

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de nuestra propia y nueva dimensión de hombre en este final del siglo XX: dimensión de nuestra capacidad de saber hacer, de nuestra capacidad de plantearnos nuevas preguntas y de gestionar una balsa de supervivencia en el espacio, cierta perla azul en el cosmos: un planeta llamado Tierra.

En la encrucijada del Arte, la Banca y la Industria, la Rueda Celeste concreta e ilustra el advenimiento de la formidable mutación de civilización que se anuncia. Sus premisas ya no dependen del enfoque artístico clásico y su realización implica a la colectividad entera. Su financiación será la prueba de que una voluntad cultural habrá sabido modificar la naturaleza tradicional de la inversión, una inversión que ya no se inscribiría en el marco ni en la perspectiva del solo modelo industrial, sino que se aplicaría —esta vez— a las cosas del espíritu.

Señal de decodificación analógica, vestida y habitada según la subjetividad de cada cual, la Rueda Celeste forma parte de esos artefactos lo bastante logrados como para traducir por sí mismos el sentimiento de su propio Deseo.

Animada de una carga poética sin equivalente, representa y traduce para mí el cambio de escala en la historia de los hombres. Y además, sobre todo —quizá aquí fabulo—, quisiera que gritara que el tiempo de los profetas ha pasado, que el profeta es usted, soy yo, que estamos en una era en la que la conciencia del ser es ahora la humanidad entera y que esta humanidad entera descansa sobre la suma de todos nuestros actos individuales, nuestros compromisos, nuestras renuncias, nuestras aspiraciones, nuestras exigencias, y que es toda esta toma en consideración la que esculpe el verdadero rostro de la Tierra. Lo decía: fabulo y, sin embargo, lo creería: la Rueda Celeste participa de lo Sagrado cuyo Sujeto es la Ciencia.

Transcripción según la edición original (archivo Jean-Marc Philippe). © Jean-Marc Philippe / derechohabientes.