Jean-Marc Philippe
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Escritos

Y si el ejercicio de una «plena responsabilidad» resultara de naturaleza transdisciplinaria, y si la reflexión de orden ético debiera en adelante integrar la percepción de tipo artístico

Jean-Marc Philippe

Journal international de bioéthique, vol. 5, n.º 1, marzo de 1994, pp. 35-38.

Ver: Aleaciones con memoria de forma, Arte espacial

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Sección: CIENCIA, ÉTICA Y ARTE1 / SCIENCE, ETHICS AND ART1

Entre las flores más finas de la expresión del espíritu humano, el principio de la invención es sin duda una de las pepitas, quizá incluso «la» pepita más apta para definir del mejor modo la medida de la especie y para revelar tanto su esencia como sus límites, para designar sus aspiraciones, a veces sus grandezas, a veces su ingenuidad, a veces incluso su crueldad…

Sin duda podría definirse al hombre por sus características biológicas, pero una visión de conjunto de sus producciones creativas, tanto concretas como abstractas, sigue siendo quizá el mejor medio de aproximarse a él para intentar identificarlo en sus virtualidades y medir sus competencias y sus aptitudes, al menos mientras la evolución siga dotándolo de capacidades creativas.

«Creatividad», «invención»: dos palabras mágicas donde las haya, a las que ya se debe todo lo que se engloba bajo el término genérico de patrimonio cultural de la humanidad, ese gran catálogo que consigna en el instante todo lo que presentaba alguna originalidad para no retener finalmente más que una parte que se deshilacha con el tiempo, y ofrecer más tarde la feliz visualización de una memoria preservada de la invención, tal como los hombres la han salvaguardado a través de la historia, de las edades, a través también de su nostalgia, cuando no de sus pesares.

Pero quien dice creatividad e invención evoca implícitamente transferencia y migración de conocimientos, esos conocimientos con los que cada cual, al azar y al hilo de la vida y de las especificidades de su matriz cultural, podrá o no enriquecerse y beneficiarse. Y quien, a su vez, dice transferencia de conocimientos puede también sobrentender el ejercicio de una responsabilidad relativa a ese saber «exportado» de una cultura a otra, de una institución a otra o de una cabeza a otra, y con qué fines.

Así pues, si en un primer momento la cuestión de la producción de conocimientos era y sigue siendo ciertamente importante, la cuestión de la gestión de la producción de ese conocimiento podría serlo aún más, y el ejercicio «responsable» de esa gestión podría resultar ser

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El lugar de verificación de la verdadera medida del Hombre, en la medida en que el ejercicio de esta gestión - hoy - encierra la suerte de la humanidad entera así como el destino del mundo de lo vivo en su totalidad.

Si volvemos a la noción de Conocimiento, vemos que, entre las distintas formas que puede adoptar, se singularizan ámbitos de creatividad particulares: así la «creatividad científica», la «creatividad artística», la «creatividad revelada», otros tantos campos representativos de la creatividad humana que contribuyen a la edificación del Saber.

Para avanzar ahora en el razonamiento que sigue, es útil precisar aquí qué son estos ámbitos de conocimiento mediante un esquema que, si bien es necesariamente reductor - y por tanto forzosamente insatisfactorio -, tiene sin embargo el mérito de ayudar a esclarecer una situación compleja.

Así, puede de hecho admitirse - inspirándose en el análisis de Wagensberg, y completándolo también - que el saber, no transmisible genéticamente, del que se beneficiará cada ser humano a lo largo de su vida procede de cuatro fuentes de conocimiento de naturaleza bien distinta, a saber: un conocimiento de tipo «consensual local», un conocimiento de tipo «científico», un conocimiento de tipo «artístico» y un conocimiento de tipo «revelado».

Desde esta óptica, por «conocimiento consensual local» se entenderán todas las formas de conocimiento que aseguran la cohesión del tejido social mediante un reparto y una aceptación tácita de reglas y de valores escritos o no. Así el derecho, la ley, la justicia, aunque se impartiera bajo el roble, la responsabilidad política, también la filosofía...

Por «conocimiento científico» se entenderá todo lo que procede de la experimentación objetiva, de las observaciones, de las mediciones y de las deducciones que de ellas se derivan. Podrán así englobarse en esta forma de conocimiento tanto las recetas de fabricación del sílex tallado como las leyes de la gravitación o incluso el mapa del genoma...

Por «conocimiento artístico» se entenderá todo lo que procede de un principio único y desconcertante según el cual ciertas complejidades infinitas y no necesariamente inteligibles pueden transmitirse por medio de una representación finita: cuadro, partitura musical, poema ...otros tantos extraños medios alquímicos aptos para sembrar imágenes visitadoras del espíritu o sonoridades anunciadoras de espacios «otros»...

Por último, por «conocimiento revelado» se entenderá todo conocimiento, igualmente transmisible, surgido de dos principios eficaces presentes desde hace mucho tiempo en la historia de todas las sociedades humanas, principios según los cuales existe (existiría) un «ser» que posee el conocimiento de toda realidad, «ser» que se dignaría a veces revelarnos (una parte de) su conocimiento por persona interpuesta: así la religión, la intuición, la superstición, los dichos y hechos del brujo de la aldea...

Según los lugares, pues, y según las épocas, se percibe con evidencia que la importancia relativa y la impregnación fina o masiva de estas cuatro formas distintas de conocimiento en cada uno de nosotros habrán sido, son o serán muy variables. Ayer todavía, y hoy también, según se pertenezca a una tribu de aborígenes australianos, a una aldea africana o a una sociedad tecnocultural… el reparto cuantitativo de estas distintas formas de conocimiento es de lo más diferenciado, y las estructuras mentales de unos y otros cantarán o proclamarán valores y verdades a menudo muy distantes, incluso radicalmente diferentes, a veces contradictorios.

En consecuencia, según el lugar y la manera en que el espíritu de cada cual haya despertado a la vida y al mundo, la creatividad personal estará implícitamente enmarcada y potencialmente orientada hacia tal o cual forma más representada localmente, más que hacia tal otra menos presente o cuya economía esté ausente.

Ahora bien, hasta el presente, puede admitirse que las diferentes formas de conocimiento de que se beneficiaba cada individuo estaban sensiblemente equilibradas. Pero, conmoción y hecho único de los más recientes en la historia de la aventura humana, la comunidad científica internacional es desde hace poco la organización activa más eficaz jamás inventada en la historia de las civilizaciones humanas por su capacidad acelerada - y su método, puesto que método hay, se presta a ello - para asegurar una producción exponencial de conocimientos inéditos, de tipo científico, por supuesto.

De esta formidable productividad, a través de esta maquinaria única, resulta hoy en la matriz cultural occidental un notorio desfase de eficacia entre la eficacia de la producción de conocimientos de tipo científico y la productividad paralela, en definitiva muy débil, de las otras formas de conocimiento complementarias, «reveladas» o «artísticas», que por su parte no gozan de condiciones económicas de producción similares. (Se deja aquí de lado el conocimiento de tipo «consensual local», en la medida en que se trata más bien de reglas sociales protocolarias establecidas y tácitamente admitidas que de un conocimiento propiamente dicho).

La creatividad media susceptible de aparecer en nuestras sociedades presenta, pues, la máxima probabilidad, por efecto de proximidad y de siembra, de pertenecer a esta forma particular del saber ambiente dominante, el saber de naturaleza científica, puesto que - recordémoslo - esta forma de creatividad particular posee, por su estructura y por sus aplicaciones, los medios de su economía, de su investigación y de su desarrollo. Tanto más cuanto que su método de producción efectiva de conocimientos (comunicaciones científicas, desarrollos de saber hacer tecnológico) puede enseñarse rápidamente - en menos de diez años de recorrido escolar y universitario -, lo cual dista mucho de ser el caso en lo que respecta a la asimilación de las otras formas de conocimiento.

Corolario puntual de esta situación cultural particular que hoy es la nuestra, la matriz tecnocultural occidental de la que somos los actores es una matriz científicamente hipertrofiada y, además, de evolución exponencial. De ello resulta un conocimiento científico arrollador que lleva a unos a decir que es alienante y a otros que contiene el futuro del

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ser humano, del mismo modo que segrega también sus problemas. Es más, nos vemos obligados a constatar que se trata de una forma de conocimiento que, como se observa, se extiende por el planeta entero, cuyo semblante evoluciona a su vez, activado por el principio dominante más activo de producción de conocimientos. Sin ser gran profeta, el principio de creatividad más eficaz, en expansión cotidiana a escala mundial, bien podría ser en las próximas décadas de naturaleza científica o tecnológica, en la medida en que la cultura de tipo científico y tecnológico acentúa cada día su conquista y se extiende al resto del mundo a través de sus prácticas comerciales y de sus intercambios de estudiantes de un laboratorio científico a otro a través de las universidades.

Pero, además, y como paradoja suplementaria, si este conocimiento de obediencia científica está ciertamente en condiciones, en la casi totalidad de la superficie del globo, de suplantar en eficacia a las otras formas de conocimiento - aun cuando en algunos países el conocimiento de tipo «revelado» intenta oponérsele, como se ve en ciertos países árabes -, de hecho solo lo dirige un puñado de hombres, y su evolución queda bajo la triple responsabilidad efectiva, por supuesto, de la propia comunidad científica, pero también de los responsables políticos, sometidos como están a su vez a las diferentes formas de restricciones económicas locales y/o mundiales.

Y quisiera ahora insistir en dos observaciones esenciales: la primera, según la cual, ante todo, la ciencia ve cómo sus desarrollos se producen en direcciones inducidas en función - tal como se acaba de dar a entender - de una lógica ciega, no dominada (sus desarrollos militares y, sobre todo, sus salidas económicas); la segunda, según la cual la ciencia nunca ha tenido la misión de pensarse a sí misma - ni tampoco de pensar su desarrollo -, puesto que, de hecho, no dispone de ninguna herramienta conceptual propia y adecuada que pueda responder a esta misión primordial: ¡pensarse a sí misma!

Por esta doble razón, la ciencia está, pues, abocada - como ya se constata - a una producción a la vez anárquica e invasora, para lo peor y para lo mejor, incapaz como es por esencia de razonarse a sí misma y de situarse.

Y si en el futuro la producción de conocimiento, en particular de naturaleza «artística» y de naturaleza «revelada», no viniera a hacer de contrapeso y a poner la ciencia, en algunas de sus ramificaciones, al servicio de algunas causas nobles por determinar, no solo la matriz occidental podría caer en el sinsentido, si es que no ha llegado ya a él, sino que las otras matrices, allá y en otras partes, podrían a su vez seguir su ejemplo. Y ello cuando, fruto de 2,5 millones de años de evolución, nuestro cerebro tiene sin duda derecho a esperar de su entorno sociocultural la presencia de condiciones favorables a la expresión, bajo cualquier forma, de lo que podría llamarse la espiritualidad, una espiritualidad presente que no habría desertado de la escena del ejercicio de la Vida, puesto que el cerebro contiene su capacidad y expresa su demanda.

Por otra parte, si es que la Historia puede servirnos en adelante de guía, de manera general y a través de las épocas la Historia nos muestra claramente que las diferentes matrices culturales estables querían, al menos hasta ahora, que las cuatro naturalezas esenciales del Conocimiento, «consensuales locales», «científicas», «artísticas» y «reveladas», estuvieran presentes de manera sensiblemente idéntica, lo que auguraba entonces condiciones favorables al mantenimiento del equilibrio de dicha matriz. En virtud de lo cual se observa también que las diferentes formas de creatividad asociadas estaban a su vez equilibradas, y el sistema era «armonioso».

Ahora bien, hoy, en este momento de las sociedades sin equivalente en el plano histórico, en el que lo que está en juego tiene a veces algo de todo o nada, en el que las responsabilidades locales conciernen más a menudo de lo que parece también a lo global, en el que la responsabilidad humana tropieza con incoherencias e incompetencias, la reflexión tiene un papel esencial que desempeñar. No una reflexión hecha a la ligera, sujeta únicamente a la urgencia del instante, sino una reflexión que se tome primero, como decía Leonardo da Vinci, el tiempo de la contemplación a fin de preparar y nutrir el momento consagrado al acto de pensar propiamente dicho.

Así, desde ahora sería sin duda urgente emprender la creación de estructuras capaces de poner en marcha elementos favorables a la edificación de una Visión, una visión prospectiva que habría que asociar a un pensamiento filosófico actualizado, a un pensamiento político transdisciplinario, una visión que permita abordar de nuevo la cuestión del sentido, de un sentido reinventado, y plantearse la cuestión del método que habría que asociar a esta búsqueda.

Y poco a poco, allí donde el espíritu de la época nos incitaba exclusivamente a la creatividad científica o reducía las otras formas de creatividad a dosis homeopáticas, la lucidez y la conciencia de cada cual deberían imponerle - esto vale para todo tipo de creador - una creatividad en adelante globalizadora y transdisciplinaria, capaz de integrar las tres formas de conocimiento, «científicas», «artísticas» y «reveladas», para contribuir así a una verdadera reorientación de la matriz y concurrir de este modo a devolver la armonía al espíritu de esos transeúntes efímeros que todos somos.

Podría también pedirse y esperarse de aquellos a través de quienes se expresa el conocimiento «consensual local» que se doten de una ambición responsable y de una metodología adecuada en la que se tuvieran en cuenta las diferentes formas de sensibilidad procedentes de los distintos sectores de la producción de conocimientos «consensuales», «científicos», «artísticos» y «revelados». Correspondería entonces, por ejemplo, a quienes tienen la función de redactar los códigos, la ley, los programas políticos, informarse de los pensamientos de unos y otros y hacerlos entrar en un auténtico proceso democrático del pensamiento, con la voluntad de llevar a cabo una síntesis global de las competencias y de las expectativas humanas.

En virtud de lo que precede y por extrapolación, la percepción surgida de la creatividad artística tiene sin duda tanto que aportar a la toma de decisiones de todo tipo como los análisis de tipo científico o económico por sí solos. Del mismo modo, el pensamiento del teólogo debería tener, él

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también, carta de ciudadanía en los mecanismos de decisión.

Puntualmente, en un momento en que los comités de ética se reúnen y proliferan, sostengo por ejemplo que también el artista, al igual que el hombre de fe, debería ser consultado, del mismo modo que el especialista de la cuestión o las cuestiones de que se trate.

Es precisamente este tipo de combate el que libro desde hace ya varios años, en el que, además de mi condición de artista (artista un tanto mutante y algo futurólogo, que ha abandonado sus herramientas clásicas de creación, como el pincel y la gubia, por herramientas creativas de base tecnológica, como las aleaciones con memoria de forma, los rayos láser embarcados a bordo de una estación orbital o incluso las ondas de radio emitidas de manera particular por radiotelescopio a través del universo…), destilo en la Institución, mediante coloquios internacionales sobre temas variados o en grupos de reflexión, comentarios de naturaleza «diferente» y observaciones «otras», nutridos por esa sensibilidad propia y específica del artista, para encargar luego a los hombres de esas instituciones que los escuchen y los pongan en práctica, velando a veces yo mismo por ello.

Así, a lo largo de un recorrido de varios años, y tras haber sido su iniciador y defensor activo, me correspondió por ejemplo ser responsable del «Comité Mundial de Ética para una Utilización Pacífica del Espacio», con la misión, en particular - durante el coloquio organizado en la Maison des Droits de l'Homme, Trieste, octubre de 1994 -, de reunir en este ámbito a los especialistas y a los no especialistas complementarios capaces de poner en común sus competencias y sus diferencias, todo ello en el marco general de una reflexión global sobre la Ética que reunía aquellos días, además del ámbito del Espacio, los ámbitos de lo Nuclear, de la Informática y de la Bioética.

Si, llegado al término de este artículo, deseara que se retuviera un solo mensaje, y uno solo, de este texto, ese mensaje expresaría, como espero haberlo demostrado a lo largo de las líneas precedentes, la indicación según la cual el artista, en esta época específica, es quizá - por su arte de vivir, que le permite tomarse el tiempo de observar, y también por su sensibilidad, que le permite percibir y sentir de otro modo - el más apto para identificar el movimiento de los desplazamientos de un mundo en plena mutación y en pleno cuestionamiento, y para detectar aquí y allá sus signos, como otros tantos indicios capaces de participar, de contribuir y de ayudar en la reflexión general.

Aunque en un primer momento los signos percibidos a partir de la sensibilidad artística contemporánea en las sociedades occidentales se parezcan las más de las veces a señales de alarma, sostengo que pueden discernirse también los signos correspondientes a una espera y a esperanzas a punto de surgir en la línea del horizonte de un futuro próximo. Más allá del desempeño del artista en su obra propia y específica, para mí ha llegado el momento de que se quiera oírlo y luego escucharlo en lugares que habitualmente no tienen que ver con el ejercicio y la práctica tradicional de su solo arte, pero que podrían oír su discurso y tener en cuenta sus observaciones.

La humanidad ya no puede hoy plantearse realizar todo lo que podía pretender emprender: le faltan elementos de visión, como otros tantos parámetros rectores para decidir las opciones de sociedad, las opciones de proyectos, las opciones de salud… que habrá que definir. Y la voz del artista deberá en adelante escucharse, en el concierto de las demás voces, en pie de igualdad con las de los economistas, los políticos, los científicos… para hacerla intervenir eficazmente en el desplazamiento del baricentro de las formas de decisión que conciernen, en definitiva, a la humanidad entera. Hace quince años que preconizo esta sinergia y que poco a poco la institución parece querer hacerla suya, todavía demasiado lentamente para mi gusto, cuando la urgencia ya está a nuestras puertas.


  1. En adelante, nuestros lectores encontrarán regularmente esta nueva sección en el JIB. / From now, our leaders will find this new section regularly published in the JIB. ↩↩

Transcripción según la edición original (archivo Jean-Marc Philippe). © Jean-Marc Philippe / derechohabientes.