
Cuando el arte, el espacio y el sueño se encuentran… y cuando la reflexión se impone
Phréatique. Langage et création, n.º 49, verano de 1989, pp. 107-116.
Ver: Arte espacial, La Gran Rueda Celeste, Mensajes de la Humanidad al Universo
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¿Es posible, en definitiva, escapar al aire de su tiempo… y qué significaría escapar a él cuando el aire del tiempo contiene su propio perfume… y encierra los gérmenes mismos de su devenir…?
…Si se me planteara la cuestión de designar la Obra [de Arte] que en el transcurso de estos últimos años habrá sido la más pregnante, la más «eficaz», la mejor recibida por nuestros contemporáneos, la que habrá dejado de forma duradera (e incluso irreversible) la huella más fuerte, aquella tras la cual nada volverá a ser como antes, la que —sin atrevernos a esperarla— aguardábamos desde hacía tiempo, la que era inédita y que iba a abrirse paso insidiosamente en los espíritus y a nutrirlos… pues bien, podría afirmar ante todo que esta Obra existe, pero podría también decir que no es fruto de un artista como tal, que todo el mundo la ha encontrado forzosamente… ¡y se ha dejado impregnar por ella!
Es más, podría decir de esta obra —por mucho que se la banalice— que siempre conservará su formidable fuerza de revelación para quien la encuentre por primera vez, y que seguirá iniciando fundamentalmente las miradas.
No siendo, pues, fruto de un pintor, como tampoco de un poeta, de un bufón o de un músico, es de hecho el resultado de varias generaciones de hombres, de investigadores, de ingenieros, la culminación de un esfuerzo colectivo que asocia el Saber tanto como el Saber Hacer, de un esfuerzo del que finalmente no podíamos sino enorgullecernos.
Entonces, me dirá usted, ¿cuál es pues esta Obra capaz de sostener todos estos superlativos y… que, por si fuera poco, habría cambiado nuestras miradas para siempre, dice usted? ¿y… que contendría instantáneamente una «totalidad» de situaciones…? ¿Cómo, no la ha encontrado? ¿de veras? ¿todavía no ha encontrado… ese momento de la historia de la Humanidad… esa primera vez en que el ser humano descubría con sus propios ojos su dominio… esa perla azul suspendida en el espacio, ese oasis donde el agua abundaba, donde las temperaturas eran clementes, donde las nubes se enroscaban en inmensas espirales…? ¿No la habría visto usted, ni se habría detenido en ella aquel día? ¿No ha soñado, no habría soñado usted al contemplarla, esa Obra, esa primera fotografía de la Tierra que usted encontró…? ¿no lo habría conmovido, entonces?… y el día en que
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Chernóbil escupió sus salpicaduras venenosas, ¿no sintió usted, que ahora tenía la revelación de ello, «dolor de Planeta», de su Planeta, cuna amenazada, pequeño oasis jardín de vida a un tiro de piedra de su estrella madre, el Sol? Pero piénselo otra vez: aquel día, el de su primer encuentro con esa primera fotografía de la Tierra, ¿no relegó usted definitiva e inconscientemente al pasado el… mapamundi y su representación conceptual, impalpable, inmaterial, insípida y anticuada, en favor de una «inteligencia nueva» de su Planeta, en la medida misma en que las nuevas fotografías que desde entonces se nos han ofrecido nos lo han hecho «oler», «saborear», «tocar» con la mirada; en suma, nos lo han hecho amar en adelante en su justo valor!…
… Si ahora se me pidiera identificar el más bello de los poemas que me haya sido dado presenciar, respondería, sin la menor vacilación, que se trata del espectáculo que, en tiempo real, efectivamente me fue dado vivir —con un segundo luz de diferencia—, me refiero a aquella noche en que el ser humano había pisado ese astro, la Luna, que hasta aquel 6 de julio de 1969 solo algunos locos iluminados habían intentado atrapar con su salabre en los reflejos de las aguas más tranquilas y más límpidas.
… Y, si aún se me pidiera dar testimonio y decir esos momentos en que la emoción lo sofoca a uno, buscaría aquella noche del mes de agosto en que, sobre el fondo del firmamento, un satélite en órbita baja hizo su aparición, aquella noche en que, a todas luces, se afirmaban los nuevos límites de nuestras responsabilidades así como los nuevos lugares de la Exigencia… pero de esa noche hablaré dentro de un instante.
Por supuesto, el artista que soy no podía dejar de tener en cuenta sus encuentros con la emoción, ni podía tampoco dejar de dar cuenta de ellos, después de que su sensibilidad (?), su presciencia (?), su intuición (?) la hubieran integrado para traducirla en algún concepto artístico sin referencia, aunque engendrado y sostenido por ese famoso… aire del tiempo…
Así, varias veces, se han desplegado conceptos artísticos en mi cabeza, como esas inscripciones que aparecen en los cristales líquidos, con toda naturalidad, y es de dos de esos conceptos de los que quisiera ahora dar testimonio.
LA «RUEDA CELESTE»… UNO DE LOS PRIMERÍSIMOS CONCEPTOS DE ARTE ESPACIAL
«…Imagine una corona de estrellas alrededor de un planeta como una gran fiesta, como una desmesura a la medida, sin embargo, de los seres que ese planeta lleva consigo. Cierre los ojos, imagine… Imagine todavía más… una corona de estrellas como un adorno alrededor de un planeta…
Y ahora, abra los ojos: ¿y si la Tierra fuera ese planeta, si esa corona de estrellas fuera la Rueda Celeste, y si la desmesura de esa Rueda Celeste designara la idea de la Exigencia nueva y de la Diferencia, mientras el alba del tercer milenio se levanta sobre la humanidad?…»
Cronológicamente, el concepto de la Rueda Celeste nació de un choque emocional y, después, de la oportunidad ligada al progreso tecnológico desarrollado en el marco de la conquista espacial, progreso del que yo iba a intentar apropiarme para hacer de él nuevas «herramientas» de creación con vocación artística.
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El choque emocional, por su parte, se remonta ya a unos quince años, a una noche sin luna en que —soñador despierto tendido boca arriba, con la espalda bien «calzada» sobre la Tierra— mis ojos acariciaban con la mirada las constelaciones del cielo, y mi conciencia se difundía en la eternidad del Espacio. Era esa época del mes de agosto en que el cielo nocturno es una fiesta que se viste de mil y una estrellas fugaces.
En aquel instante de embriaguez, yo flotaba por entero en medio de las estrellas y de la eternidad cuando, en la periferia de mi campo de visión, en lo inmutable y la inmensidad de un silencio sin límites, todavía iluminado por un sol que sin embargo se había puesto hacía mucho, y centelleando como una estrella de primera magnitud, un Satélite Artificial en órbita baja hizo su aparición, emprendiendo la travesía de la bóveda celeste en diagonal hasta, siempre en ese silencio inaudito, desaparecer unos instantes más tarde, engullido por el cono de sombra proyectada de la Tierra.
Aquella noche, el Poema era el Universo entero y el «Yo» del poema esa estrella artificial: he aquí que ahora el ser humano inscribía su huella sobre el ruido de fondo del firmamento, y he aquí que, tras haber conquistado lo infinitamente pequeño, emprendía —ese hombre— la tarea de empujar con sus pequeños brazos frágiles las puertas de lo infinitamente grande.
En ese preciso instante, supe que la Ciencia se había convertido en Sujeto en el Discurso. Una Ciencia y un Discurso a merced del ser humano, en sus manos, en resonancia con sus capacidades genéticas y a través de los cuales le serían revelados su verdadera medida y la historia de su destino. Y aquella noche me sorprendí esperando un día en que el hombre inscribiera, ya no la huella, sino el signo de su ambición, signo como un recordatorio que le devolviera el reflejo de la exigencia de esa búsqueda, signo como un faro, como un tótem a la vez catalizador y testigo.
Y fue gracias a la evolución de las técnicas espaciales (llevadas a su extremo) como ese signo, icono mental de un género nuevo, cristalizó en su concepto y en su forma.
De hecho, la Rueda Celeste se apoya esencialmente en la noción de satélites geoestacionarios, en relación con su órbita específica. Estos satélites, de uso ya corriente principalmente en el ámbito de las telecomunicaciones y de la meteorología, tienen características comunes precisas. En particular, todos están dispuestos sobre un mismo gran círculo situado en el plano del ecuador terrestre, gran círculo cuyo radio es igual a 7 veces el radio de la Tierra. Por otra parte, una vez «depositados» en su órbita (ese famoso gran círculo), los satélites geoestacionarios tienen la propiedad de permanecer siempre en la vertical de un mismo punto de la Tierra. Lo cual, en términos más científicos, significa que están animados de una velocidad angular rigurosamente igual a la de la Tierra. En el plano concreto, esto se traduce en que, si un satélite geoestacionario fuera visible desde el suelo, y si al mirarlo desde su jardín estuviera «ahí» en el cielo, usted podría, en cualquier momento del día o de la noche, salir y comprobar que sigue estando «ahí», exactamente en el mismo lugar del cielo.
Mucho más de un centenar de estos satélites han sido ya inyectados en ese gran círculo, y se concibe fácilmente que forman una especie de inmenso «collar» que rodea la Tierra como un gigantesco anillo de Saturno.
En razón de lo que precede, la idea fue pues injertar en los próximos satélites de este tipo un dispositivo técnico que pudiera ser telecomandado desde el suelo y emitir, a demanda, una señal luminosa que, vista desde la superficie de la Tierra, tendría
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un resplandor —o magnitud— igual o superior al de Venus cuando su brillo alcanza su máximo.
Una vez que treinta o cuarenta de esos satélites estuvieran así equipados, se los podría encender por orden desde la Tierra, y dibujarían en el cielo una gigantesca… Rueda Celeste.
… SUS CONFIGURACIONES…
Este dispositivo (el conjunto de los satélites geoestacionarios así equipados) se prestaría a configuraciones de encendido diversas. Se podría, por ejemplo, una vez que un consenso lo hubiera decidido, «encender» todos los satélites así equipados a las cero horas Tiempo Universal, y luego a las 08 h T.U. y a las 16 h T.U., durante 5 segundos: aparte incluso del Signo que inscribiría en el cielo, la Rueda Celeste haría las veces de señal horaria a escala del planeta, materializando el plano del ecuador terrestre, que coincide, con unos pocos grados de diferencia, con el plano de nuestra galaxia. Se observa también que, según el punto de observación, su inclinación respecto del horizonte sería diferente de un lugar a otro: vista desde el ecuador, sería rigurosamente vertical, y a medida que se «subiera» hacia uno de los polos, se iría inclinando cada vez más, hasta percibirse de forma horizontal una vez alcanzado uno de los polos.
Con motivo de algunas de las grandes manifestaciones mundiales (Juegos Olímpicos, Exposiciones Universales, Cumbre sobre el Desarme), podrían adoptarse otros tipos de configuraciones de encendido, haciendo —por ejemplo— correr la señal luminosa de un satélite a otro con ritmos diferentes, haciéndolos centellear uno a uno, de dos en dos… y ello cada 3 o 6 horas, mientras duraran dichas manifestaciones. Y, mediante una especie de código, esas formas de programación luminosa de la Rueda Celeste expresarían que en algún lugar de la Tierra, en ese instante, existen la Fiesta o la reflexión.
La noche de Navidad, todos los satélites podrían brillar a modo de «guirnalda celeste», guirnalda que se iluminaría también con ocasión del Año Nuevo chino, del Año Nuevo judío…
Y luego, si los hombres fueran presa de la locura, si estallara un conflicto nuclear, la Rueda Celeste llegaría a palpitar emitiendo en morse llamadas en forma de S.O.S luminosos.
En otro tipo de configuración, la Rueda Celeste permitiría también realizar un viejo sueño, a saber, visualizar la velocidad de la luz. Como se sabe, esta se propaga a 300.000 km por segundo. Ahora bien, la circunferencia de la Rueda Celeste mide algo más de 280.000 km. Si, por tanto, se hiciera «correr» la luz de un satélite a otro, ¡se la vería volver a pasar por el cielo unas 9/10 de segundo después! (lapso que tardaría en recorrer dicha circunferencia). Pero, como es evidente, en el plano de su símbolo, desearía que la «inauguración» de la Rueda Celeste, es decir, su primer encendido, tuviera lugar precisamente con ocasión del 1.o de enero del año 2000.
… FARO Y SÍMBOLO…
Baliza en el espacio, signo sin referencia, la Rueda Celeste fue concebida y se me
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apareció como un símbolo tangible y como un faro revelador de nuestra propia y nueva dimensión de seres humanos en el alba del tercer milenio: dimensión de nuestra capacidad de Saber Hacer, de nuestra capacidad de saber plantearnos nuevas preguntas así como de tener que gestionar una «balsa» de supervivencia en el espacio, cierta perla azul en el cosmos, un planeta llamado Tierra, nuestra madre nutricia. Sus configuraciones de centelleo expresan la fiesta y la esperanza de otra cosa.
En la encrucijada del Arte, la Banca y la Industria, la Rueda Celeste concreta e ilustra el advenimiento de la mutación de civilización que se anuncia. Sus premisas ya no dependen del enfoque artístico clásico y su realización implica a la colectividad entera.
Su financiación —la solución podría orientarse hacia una participación de todos los gobiernos que se asociaran a ella, en proporción al producto nacional bruto de cada uno— será la prueba de que una voluntad cultural habrá sabido modificar la naturaleza tradicional de la inversión, una inversión que ya no se inscribiría en el marco ni en la perspectiva del solo modelo industrial, sino que se aplicaría —también— a las cosas del espíritu.
Señal de múltiple decodificación, investida y recibida según la subjetividad y la cultura de cada uno, la Rueda Celeste podría formar parte de esos artefactos —al igual que las demás Grandes Realizaciones humanas (la Gran Pirámide, por ejemplo)— lo bastante logrados como para expresar por sí mismos el sentimiento de su propio deseo.
Animada de una carga poética sin equivalente, expresa para mí el cambio de escala y de voluntad en la Historia de la Humanidad.
… LA FUERZA DEL CONCEPTO: SU AVENTURA…
Hoy este concepto tiene casi diez años y, en diez años, ¿qué ha sido de él?, ¿habría podido yo preverlo? Desde hace diez años se han proseguido naturalmente estudios técnicos con varios organismos internacionales, que permiten verificar los aspectos de la viabilidad y sus dificultades. (Hace cinco años, la viabilidad solo era concebible utilizando el saber hacer militar, y la viabilidad civil llevaba todavía un «retraso» de un factor diez elevado a menos dos en cuanto a la energía requerida a bordo de cada satélite. Pero hace dos años ese factor se redujo hasta diez elevado a menos uno, y puede preverse, sin ser especialmente optimista, que en los próximos dos o tres años la potencia requerida estará técnicamente disponible. (Lo cual deja como realista una fecha de primer encendido fijada para el 1.o de enero del año 2000).
Pero, además de estos estudios técnicos, este concepto artístico iba a arrastrarme a un periplo muy particular, que en ningún caso habría podido imaginar de entrada. En efecto, a partir de la década de 1980 (fecha del primer artículo que hacía referencia a él), fui aceptando poco a poco participar en la mayoría de los coloquios a los que me invitaban para presentar dicho concepto. El primero de esos coloquios tuvo lugar en Venecia en junio de 1980. Le siguieron más de una quincena, en particular en Tokio (Congreso del Segundo Renacimiento, abril de 1983) y luego en Atenas (Conferencia Europea de Filosofía, junio de 1985), donde tuve ocasión de exponerlo en público.
Fue así como, poco a poco, tuve que rendirme a la evidencia y oír en voz alta lo que había intentado ahogar en lo más hondo de mí mismo; ya en Tokio, tras mi
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exposición, el ministro del MITI de la época, seducido por la audacia del proyecto, no pudo evitar decirme que «su cielo era su cielo, y que no veía muy bien con qué derecho venía yo a él»; en Atenas, varios filósofos de horizontes diferentes me hicieron la misma observación. Decidí entonces, en esos distintos lugares, aprovechar la calidad de los ponentes y reunir a algunos de ellos para reflexionar sobre las condiciones éticas previas a todo lanzamiento de un concepto de Arte Espacial, en la medida en que, efectivamente, todo concepto debía interpelar la mirada de cinco mil millones de terrícolas cuya opinión no se habría solicitado en absoluto. En dos ocasiones, el anciano Jorg Luiz Borges me comunicó sus reflexiones.
… EL COMITÉ DE ÉTICA
La aventura iba luego a acelerarse en el sentido de que el profesor R. Daudel, presidente de la Académie Européenne, supo prestar oído a esta nueva problemática ligada a la utilización de las nuevas tecnologías de vocación originalmente espacial, y a su «desvío» con fines artísticos. Fue pues con su apoyo como, el 3 de noviembre de 1986, con motivo del cuadragésimo aniversario de la UNESCO, ante varias decenas de expertos procedentes del mundo entero, pude sentar las bases de una reflexión que iba a desembocar en la creación del «Comité Mundial de Ética para una Utilización Pacífica del Espacio». Este Comité, actualmente en fase final de constitución, tiene como misión principal concebir una nueva legislación de vocación internacional que permita evitar cierto número de desviaciones, como la introducción de la publicidad en el espacio, o bien poner fin a ciertas prácticas corrientes que provocan una contaminación cada vez más marcada del espacio, contaminación debida en particular a la total ausencia de «decoro» de las distintas agencias espaciales, las cuales, un poco como los petroleros que desgasifican en el mar, se deshacen sin más preocupación de la tercera etapa de sus cohetes, abandonando allí otros tantos desechos que, circulando a una velocidad del orden de 11 km por segundo, se transforman en otros tantos proyectiles.
Hoy, pues, como artista, me alegra constatar que, por su sola fuerza, un concepto de Arte Espacial, la Rueda Celeste, aunque todavía no se haya llevado a cabo, habrá sabido suscitar interrogantes y comprometer a la institución en una reflexión de tipo prospectivo, dejando augurar que el arte puede ser el vector más notable y más eficaz de la toma de conciencia.
LA OPERACIÓN «MENSAJES DE LA HUMANIDAD AL UNIVERSO»
El otro concepto del que también soy autor/diseñador, que une el Arte con el Espacio, fue —a diferencia del anterior— llevado a término por completo. Ilustra también esta mutación de sociedad que vivimos, en la que los puntos de vista se desplazan, en la que el saber de origen científico dibuja nuevos horizontes, en la que también las definiciones de la obra de Arte se remodelan. En este caso, el concepto «Mensajes de la Humanidad al Universo» corresponde a una operación que se llevó a cabo entre el 6 de junio de 1986 y el 26 de enero de 1987.
Sin duda los gérmenes de esta operación estaban contenidos y presentes en el entorno cultural que es el nuestro (sin que estuvieran verdaderamente identificados como tales), sin duda también las «herramientas» de su concreción estaban presentes
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(radiotelescopio, telemática, medios de comunicación), pero sin duda todos estos elementos nunca se habían encontrado aún de manera simultánea. ¿Fue, por lo demás, esa presencia latente de estos diferentes elementos la que permitió a esta operación conocer el éxito que tuvo? Es muy posible.
Pero antes de llegar al concepto mismo, debo decir además que esta Operación Mensajes de la Humanidad al Universo hacía coincidir tres hechos —que le daban credibilidad—, los tres surgidos en estos últimos veinte años:
— así, y como ya se indicó al principio de este artículo, por primera vez, hace menos de veinte años, la humanidad había podido por fin ver su planeta desde fuera,
— desde hace poco, el saber de origen científico nos da a entender que podría ser plausible que inteligencias «otras» que la nuestra puedan estar presentes en el Universo,
— por último, al haber hecho la telemática su aparición en nuestro entorno inmediato, nos ofrece en adelante medios de solicitación y de acción, como otras tantas prolongaciones —hasta entonces inéditas— de nosotros mismos.
Así, entre el 6 de junio y el 25 de enero, se había ofrecido a quien quisiera, si lo deseaba y cuando le apeteciera, la posibilidad de inscribir a través del Minitel un Mensaje de dos páginas como máximo, el mensaje que habría deseado decir de sí mismo a esos «Otros» distintos de nosotros. Se precisaba además que todos los mensajes así recopilados serían emitidos al universo desde uno de los radiotelescopios más potentes del mundo, el de Nançay, que esa emisión se realizaría en dirección al corazón de nuestra Galaxia, corazón que esos mensajes alcanzarían dentro de 30.000 años, galaxia que abandonarían definitivamente dentro de 100.000 años. (El «espejo» móvil del radiotelescopio de Nançay permite efectivamente «apuntar» a puntos precisos de la galaxia). Se indicaba también que esos mensajes partirían para la eternidad (salvo la atenuación de la señal) y que circulaban a la velocidad de la luz.
Naturalmente, debido a la indudable falta de cultura en la materia de la mayoría de nuestros contemporáneos (¿cómo podría cada uno saberlo todo sobre todo en lo que respecta a las cosas de la astronomía y de la astrofísica?), y para evitar que esta operación se tomara por una broma novelesca, se mencionaba claramente, y con toda evidencia, que la Comunidad Científica Internacional la avalaba. (François Biraud, astrofísico del CNRS en Meudon, supervisaba en particular su emisión por el radiotelescopio).
Por otra parte, varios científicos de renombre mundial, algunos de ellos bien conocidos por el gran público, me habían hecho el grandísimo favor de confiarme su mensaje, el mismo que habían tecleado en el Minitel. Así ocurrió con Jean Audouze, Michel Cassé, Jean-Claude Pecker y Hubert Reeves, por ejemplo, cuyo mensaje me apresuré a facilitar a la prensa. Verdadera garantía de éxito, tuve el placer de ver a los medios apoderarse literalmente de la operación y difundirla. A partir de entonces, el público estuvo sometido a una repetición de información, si no diaria, al menos semanal, durante los siete meses que duró la recopilación de los mensajes. «Le Monde» me honró dos veces con sus columnas, el «Quotidien du Peuple», en su edición del 23 de agosto de 1986, explicó el principio de la operación, las radios, France Inter, France culture, RTL, Europe 1, las distintas cadenas de televisión con la exclusiva del lanzamiento para TF1… en suma, todos los medios participaron, convirtiéndome tanto en embajador como en criado al servicio de dicha operación.
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Así, una propuesta —dirigir su mensaje—, reinyectada sistemáticamente por los medios en la «multitud», iba día tras día a tomar cuerpo, tomar forma y cobrar sentido. Con el paso del tiempo, iba pronto a desvelarse un contenido de mensajes, heterogéneo en sus comienzos, que, del mismo modo que las medias y las curvas estadísticas «revelan» y dan a ver, iba pronto a «dibujar» el espíritu de una época, dándolo a percibir en su inconsciente colectivo, un poco como una fotografía que se creía todavía virgen da cuenta de sí, atrapada de repente en la trampa de su revelador.
La frecuentación del servidor (a través del 36 15) fue asidua: 50 000 personas en siete meses, es decir, unas 200 a 250 al día. La mayoría consultaba en él las diferentes informaciones que, a lo largo de unas 200 páginas, precisaban datos relativos al cosmos de manera general así como a los diferentes programas y a la historia de la búsqueda, por parte de la comunidad científica internacional, de esas eventuales inteligencias extraterrestres. Una quinta parte de las personas dejaba en él su mensaje y, a fin de poder hacer estudios cruzados, las pantallas de Minitel proponían a quien lo deseara, además del texto de su mensaje, indicar su nombre, su edad, su profesión, su afición favorita y el lugar donde se encontraba en el momento en que tecleaba su mensaje.
Durante esos siete meses de recopilación, pude seguir todos los mensajes que habían llegado durante el día o los días anteriores, y leer así un poco del corazón o de las preocupaciones de mis contemporáneos, al menos de quienes habían tenido el deseo de inscribir en letras electromagnéticas y para la eternidad un pequeño fragmento de sí mismos, en lo que sentían como esencial, grave o frívolo de comunicar.
Algunas noches de aquella época me sentí colmado de la dicha de existir y de ver cómo lo que habría podido quedarse en una simple idea liberaba su existencia y su esencia.
Y fue así como, el 26 de enero de 1987, a las 10 horas T.U., la mayor obra de arte colectiva jamás concebida por el ser humano, la más inaudita empresa de comunicación, se lanzaba al Universo desde el radiotelescopio de Nançay, en forma de una cinta electromagnética de más de mil millones de kilómetros de longitud, cinta electromagnética partida de la Tierra a unos 300 000 kilómetros por segundo, cinta electromagnética que se aventuraba en dirección al centro de nuestra galaxia, cinta electromagnética codificada que contenía el testimonio de más de 10 000 seres humanos que expresaban el sentimiento de sí mismos, de sus aspiraciones, de sus contradicciones, de sus diferencias, seres humanos pensantes en el Cosmos que, por primera vez, habían emprendido la tarea de dirigirse a esos eventuales «Otros» distintos de ellos mismos…
En el momento en que escribo estas líneas, esa cinta electromagnética se encuentra a unos dos años luz de nosotros: todavía no se ha cruzado con su primera estrella, que no encontrará hasta dentro de algunos años más. Después, divisará una cada cuatro años de media.
Naturalmente, esta operación será muy pronto objeto de un libro, en el que se seleccionarán de manera representativa 200 mensajes de los diez mil recibidos, y que, aparte incluso del placer que darán al ser leídos, serán objeto de análisis de contenido y de los estudios que permite la lingüística moderna.
No podría, por supuesto, terminar este artículo sin ofrecerle algunos de esos mensajes, como recompensa. ¡He aquí, sin orden ni concierto, algunos extractos!
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«…¿y si la conciencia fuera una cualidad universal que, como una piedra que rebota sobre el agua, saltara de ser en ser, de lugar en lugar a través del espacio y del tiempo? La vida en la Tierra transcurre demasiado deprisa, se va como un pesar. ¿Y adónde va?» (Marcelle Klein, 84 años)
«…Amo a Florence hasta en las estrellas y quisiera que el universo entero lo supiera» (Pierre, 17 años, estudiante de secundaria)
«…aquí uno se muere, ¿es normal?» (Michel G., desempleado)
«…Me llamo Sylvie, tengo 16 años, en la Tierra no tengo amigos»
«…¡Desconfíen de nosotros!» (un anónimo)
«…Qué extraña música debe de llegarles desde nuestro planeta», (J. Brenot, 37 años, madre de dos hijos).
«…Me gustaría acariciar su inteligencia con la mía en señal de una amistad probablemente póstuma» (Annie, enfermera, 24 años)
«…Júrennos que ustedes lo hicieron mejor que nosotros, que solo hicimos lo mejor que pudimos». (Françoise Armengaud, profesora de Filosofía)
«…¿Por qué una parte de mí no habría de vivir en ti?, acuérdate» — «Nuestra Tierra es soberbia, pero la estamos destruyendo. Resiste porque es fuerte, pero ¿por cuánto tiempo?» — «Y si les decimos: en el principio era el verbo… ¿les dice algo? Si es así, háganoslo saber… rápido».
«¿Cuál es el lugar del Humor en el Universo?» — «Miro hacia el cielo y las estrellas, el único espacio que me inspira Amor y Paz»…
Creo de veras que es una gran suerte ser artista en la época contemporánea.
Jean-Marc Philippe
Comunicado de la Agence France Presse:
FRFR FRA0414 3 G 0318 FRA / AFP-FE78 Telemática-universo prev Del minitel… a los extraterrestres
VIERZON, 26 ene. (AFP) — Cerca de 10.000 mensajes recopilados por Minitel durante siete meses en toda Francia fueron enviados el lunes desde el centro de investigaciones radioastronómicas de Nançay (Cher) con destino a los extraterrestres por el Sr. Jean-Marc Philippe, promotor de esta experiencia, según se ha sabido en el lugar.
Desde el 1.o de junio de 1986, los mensajes, enviados por Minitel a un centro servidor, se almacenaron en disquetes procesados por computadora y codificados para ser finalmente adaptados al radiotelescopio de Nançay, que consta de una gran antena de 45 m de alto por 300 m de largo y de un espejo móvil de las mismas dimensiones.
«Los mensajes grabados en una cinta electromagnética circularán por el espacio a la velocidad de la luz durante varios millones de años, explicó el Sr. Philippe; encontrarán la primera estrella dentro de 20 años.
Cerca de un tercio de los remitentes lanzaron hacia el más allá llamadas de socorro ante la degradación de la Tierra. «Se han planteado todas las preguntas a las que no sabemos responder, como si esos extraterrestres fueran supuestamente más inteligentes que nosotros y pudieran responderlas», indicó el Sr. Philippe. Pero muchos otros son románticos, como por ejemplo este joven que escribe: «Amo a Florence hasta en las estrellas y quisiera que el universo entero lo supiera».
El Sr. Philippe, artista de formación científica, originario del Cher y residente en París, es un apasionado de la relación entre las artes y la ciencia. Para él, se trata de «una obra de arte». «Los medios no son los mismos, pero el enfoque es parecido», explica. «La redacción de estos mensajes ha estimulado el imaginario de los franceses y les ha permitido ver el universo con otra mirada».
sw/PGb AFP 261824 JAN 87
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LA RUEDA CELESTE
Transcripción según la edición original (archivo Jean-Marc Philippe). © Jean-Marc Philippe / derechohabientes.